Ropa desordenada


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Los desconocidos

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El día es gris, corre una leve brisa. Sí, hoy sí podemos decir que ha empezado el otoño.

El fresco acaricia mi cara mientras voy a tu encuentro. Estoy nerviosa, expectante porque no sé qué voy a encontrarme. Pero me he pintado los labios de rojo, hoy voy a ser otra.

Estás allí, de pie junto a la estatua, tan inmóvil que por un instante te fundes con el entorno. De repente, te giras, me ves y esbozas una sonrisa que me derrite. Nos presentamos y vamos a ese bar tan cuco que hay en la esquina. Mientras tomamos café y nos conocemos, sin querer (o queriendo demasiado), rozas tu mano con la mía. Saltan chispas, alzamos la vista. Nos entendemos. Pagas el café y nos vamos.

Me coges de la mano y tiras de mi para llevarme a tu coche. Conducimos hasta mi casa y casi sin cerrar la puerta ya estamos quitándonos la ropa. Tus besos me recorren el cuerpo. Tus brazos me rodean y me alzan para llevarme a la cama. Tus besos no se detienen en mi boca, recorren mis pechos, mis caderas, mi sexo. Una explosión de placer recorre mi cuerpo, sentir que hacemos algo prohibido nos ha catapultado a la cima. Me penetras, te pido, te ruego, te imploro que lo hagas con dureza y no te detengas. Y así lo haces.

Me corro como no lo he hecho nunca y al instante lo haces tu también. Ha sido un buen polvo. Uno de los mejores, sin duda. Pero tienes que irte, va a llegar mi marido. Y cuando estás a punto de salir por la puerta te digo: “Ves a recoger a los niños, me ha encantado jugar a los desconocidos, cariño”.

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